Vivir sin sentir sería un sin sentido

"Sé el cambio que quieres ver en el mundo"


Pequeñas pinceladas literarias de rápido consumo


jueves, 24 de octubre de 2013

Don't forget

Esa parte que te falta, que añoras y que anhelas sin saber exactamente qué es; ese vacío trascendental que te hace tan irremediablemente desdichada, no es más que falta de compresión. Si nos sentimos completos con una persona es en parte porque nos entiende como alguien nunca podrá entenderse a si mismo. Comprende esas partes que él no puede alcanzar, y a la vez sabe que esa persona nunca entenderá algunas partes que sólo la propia persona puede llegar a conocer. Es un enlace perfecto, todo queda al descubierto, ya sea por una persona u otra. Porque al fin y al cabo, necesitamos tenerlo todo bajo control, ¿no?, es lo que nos gusta de las cosas impredecibles, que nos cuesta comprenderlas y eso supone una dificultad, además de frustración; pero al fin y al cabo, todo se basa en lo mismo, en conseguir manejar todo lo que se nos esté permitido. Just try not to forget it once again.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Mediocridad

Y camina hacia la adversidad una oscuridad incandescente y apresadora,
tan cegadora y opresora que resulta infinita y absoluta.
Y camina hacia la muerte la luz moribunda,
meciéndose entre ráfagas de una profunda inexistencia,
ante la más poderosa y cruel de las eminencias,
la imperturbable indiferencia.
El punto medio siempre es mediocre. No destacar sale caro.

martes, 3 de septiembre de 2013

Intocable

No se trata de la cantidad, sino de la proporción. De la complementación. La cantidad necesaria para un compuesto inmejorable, indestructible; intocable. Pragmatismo contra lo emotivo, afectivo, el desarrollo mental, el progreso. ¿En contra? ¿De que sirve una agudeza intelectual brillante si no se es capaz de actuar a favor de tus pensamientos? Los recursos literarios no son los que te salvan de la inanición; la parálisis puede curarse, tan solo hay que alimentar esos músculos magullados y atrofiados de quedarse dormidos mientras sueñan con andar. Mientras sueñan con vivir. La idea reside en la mente en forma de desiguales emociones y un placer mental que de nada sirve si no puede hacerse real. A si mismo, mover las piernas por una senda no es caminar. Es necesario hacerse con unos mapas cambiantes, unas guías que te indican los caminos que quieres y que debes seguir, la razón. Dar vueltas en círculos, actuando por el bien inmediato y siendo tan natural como la vida misma en un mundo de falsa cortesía, no trae beneficios. Y es ahí donde surge la compenetración de lo cerebral y lo experimental. Lo intelectual y lo objetivo. Incluso del optimismo y el pesimismo, siendo lo mental demasiado perfecto y armonioso y lo real demasiado pobre, solitario, triste, brutal y corto.
No se trata de quedarse adormecido mientras disfrutas del placer exquesito e irreal del arte, ni tampoco de seguir andando y luchando sin ningún tipo de motivación ni motivo si cabe. Afortunadamente, aún podemos caminar mientras nos estremecemos con alguna pieza musical, vemos algún paisaje memorable o incluso nos embelesamos con la sonrisa de una persona amada, sin que eso implique dejar de conocer el mundo que nos rodea en sus puntos altos y bajos. A esa mezcla, yo la llamo vida.

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Hoy es una de esas noches en las que mis manos cogen un lápiz y dejan fluir una constante maraña de palabras sin sentido y sin importancia, de la nada más absoluta jamás existente, de una angustia incandescente que a veces se apodera y amartillea los recovecos más insólitos de un alma nuestra que parece que no se logra encontrar a si misma. Hoy es una noche para la vigilia, los recuerdos, y para las reflexiones de una realidad impura; que nos engaña sobre su ubicación, se esconde, se pierde, me pierde. Dibuja caminos como un niño; difuminados, ininteligibles, imposibles de alcanzar. Se sale de la ralla; los une y los vuelve a separar. Y no solo eso es lo único que posee de niñez nuestra querida y frustrante realidad, pues tal alma caprichosa y engreída posee, que nos trata a expensas de sus deseos; se cansa fácilmente, borra, elimina, crea, destruye, vuelve a difuminar, rompe, dibuja. La realidad no se encuentra, no sabe quién es. Solloza amargamente, y me hace llorar.
Hoy es una de esas noches en la que toda la esencia mágica que tal vez quede en mí es derrochada, desbordada, derramada a borbotones. Extractos de mí que recorren mi cuerpo desde aquel pelo débil que se caerá pronto, hasta la planta dura de un pie que ha vivido intensamente 17 años de su vida. Y da igual cuan mágica y especial sea esa esencia, en conjunto forman un ser mediocre y olvidable. No será recordado, no deja huella, no cala hondo. Un ser que acaricia, pero no acuchilla para dejar marca. No sabe hacerlo.

miércoles, 19 de junio de 2013

Enlaces iónicos.

Una ráfaga. Ojos verdes, ocres. Me miran, penetran, arañan. Sonríen, me sonríen. Una luz; cálida, envolvente, llena la sala de surcos de labios, de sonrisas, de magia, de corazones entrelazándose, uniéndose. Son uno, juran. Se combinan, se abrazan, se complementan. Uno cede, el otro adhiere. Todo estalla de luz, felicidad, calma, estabilidad. Nada que temer, forman la red cristalina más resistente jamás vista. Escudos de corazones, espadas de esperanza.
Pero en el fondo, en lo más hondo, no supone nada. Tienes que pensarlo para percatarte de la belleza de tu situación. ¿Tienes que pensarlo? El enlace es irreal, está desgastado, debe romperse. Las almas se separan. Vuelven a estar incompletas, tal vez nunca estuvieron llenas del todo. Quizá solo esperen más. Un espíritu lo suficientemente fuerte como para matarte con solo rozarte.
Y un día taciturno, reflexionando en tu vacía cama, te acuerdas. Rememoras todos tus recuerdos perdidos. Imágenes guardadas en un baúl del que desconocías su existencia. Vuelves a saborear el sabor de la derrota, pero también el del triunfo. Recuerdas todas tus emociones. Resurgen de las cenizas. Ya nada es pasado. Ahora no existe el tiempo. Recuerdas otros amores, los que tú consideras de verdad. Fuertes, extasiantes, pasionales y egoístas. Dolorosos, crueles, obsesivos e imperdonables. Pero no suponen nada. No significan nada, no logras advertir atisbo alguno del ayer. Y entonces recuerdas el enlace. Los ojos verdes, ocres. Las miradas y las sonrisas. El estómago se revuelve, llora flojito, pero llora. Añora, anhela, desea. No es fuerte, nunca lo fue, pero al menos fue. Consiso pero real. Sigue existiendo a pesar del tiempo, y está guardado en una cajita, donde picotea, quiere salir, pero es muy pequeño. No mata, no muerde, no tiene la suficiente intensidad, pero es real.
Y entonces es cuando te preguntas, flor del desierto, cual es el amor verdadero; el que nace del fruto del deseo o el dulce y duradero.

sábado, 15 de junio de 2013

Oxidada

Angosto. Intenso. Ensordecedor. Embriagador. Frágil. Idílico. Lágrimas putrefactas escapando de la cerradura de mi anestesiado y podrido corazón. La oxidan. La debilitan. La rasgan hasta abrirla. Miles de sentimientos, sensaciones, emociones guardadas en los baúles más antiguos y olvidados vuelven a resurgir. No me atrevo a reflexionar sobre ello. Ni tan si quiera soy capaz de entrever si me gusta volver a tener llena el alma, aunque sea de "quizás", o de vanas prohibiciones. Tan solo imposibles, prados llenos de hojas en cuyo envés llevan escrito "no puede ser". Pero prados irresistibles, cómodos y óptimos para despertar el subidón de adrenalina necesario para tener una vida completa. Sin embargo, no es difícil percatarse de la realidad de aquellos bosques, todo ápice que me rodea está lleno de pequeños cristales. Trozos casi invisibles de vidrio que perduran y rompen la magia, recordándome que aquello no es para mí. ¿Por qué iba a serlo? ¿Lo merecía? ¿Desde cuando lo mediocre merece algo idóneo? Me asiento, me tumbo, me duermo. El aire acaricia mis mejillas, me impide despertarme. Puede que sea casualidad, puede que Dios me esté ayudando a que aquellos momentos de dulces mentiras prevalezcan en la medida de lo posible. Despierto. La cerradura está intacta de nuevo. La llave, en el prado. Tal vez alguien paseando la encuentre, y vuelva a abrir la cerradura. Mientras todo lo que haya dentro sea negro, opaco y vacío no hay problema, solo hay que esperar a que vuelva a cerrarla por asco, decepción, o en el peor de los casos, miedo. Me seco las lagrimas, ahora solo agua salada. La única prueba material de lo ocurrido. Proceso de congelación completado.

domingo, 24 de marzo de 2013

Principio relato de lengua (mitología)

La brisa que entraba por la ventana en aquella noche de invierno era gélida y cortante, y mis labios agrietados podían dar fe de ello. Me di la vuelta y la estancia me siguió resultando igual de familiar que de costumbre. La casa de mis abuelos, tan ordenada y limpia como siempre, sin ningún recoveco donde se escondiera alguna pelusa rebelde; con su tranquilizante olor a pan recién hecho; llena de recuerdos en cada parte y en cada objeto que se pudiera vislumbrar. Toda mi infancia se podía resumir en aquella casa, y en las tardes en las que después de rezar a los dioses olímpicos, iba a recoger flores con mi padre para hacer un ramo y regalárselo a mi madre. Decidí eliminar de mi mente por el momento aquellos recuerdos, todos traían a mi mente imágenes de mi madre, y esas a su vez hacían que mis ojos se anegaran de lágrimas... solo Dios sabía cuanto odiaba la guerra desde que murió.
Me di la vuelta para volver a dejarme llevar por el maravilloso cielo que se extendía por toda Atenas, y en ese momento ocurrió. Una estrella fugaz apareció con su brillo estelar y desapareció aún más rápido que lo que tardó en aparecer, dejando el cielo tan oscuro y en calma como si no hubiese pasado absolutamente nada. Me sorprendí a mi misma sonriendo y recordando viejas profecías y tradiciones, mitos que mi difunta madre solía contarme antes de dormir para poder conciliar los sueños más alegres y agradables del mundo. Éste en concreto era de los más bonitos y maravillosos que sabía, ya que estaba plagado de sonrisas y de la felicidad de un Dios humilde y benévolo. Tardé escasos segundos en decidir seguir la tradición familiar y contarle a mi hijo este mito, tan solo para poder disfrutar de su dulce sonrisa mientras se le cerraban los ojos al caer rendido; afortunadamente era de noche, y tuve la suerte de encontrármelo aún despierto y jugando con unas antiguas muñecas de porcelana. Lo acosté en la vieja pero aún cómoda cama de mi abuela mientras le tatareaba una melodía para que se tranquilizara.
-Hijo, tengo una historia que contarte, una historia que ocurrió hace mucho tiempo atrás, cuando ni si quiera la abuela había nacido.
Me miró con los ojos expectantes que solo un niño sabe poner, y en ese momento fue cuando supe que no me equivocaba al contarle esta historia.
- Cuenta la leyenda que existió un Dios, un Dios que fue engendrado por error y al que, al ser considerado escoria, ni si quiera le pusieron nombre. Este Dios creció apartado de todos sus iguales, en la más inmersa oscuridad, pues incluso Apolo, creador de la luz y del calor, creía que era una vergüenza para todos ellos y que debía permanecer en el más absoluto olvido. Dedicó su vida a fisgar al resto y aprender de sus técnicas para realizar cosas inigualables (como la creación del universo). Un día, harto de que su vida fuera tan monótona, solitaria y triste; decidió visitar aquel universo que sus "compañeros" habían creado, así incluso podría llegar a descubrir si tenía algún poder especial como Apolo; cosa que, por otra parte, dudaba bastante. Nada más llegar se enamoró perdidamente de la tierra. Le parecía un planeta precioso y rebosante de vida, incluso en su fuero interno agradeció a sus iguales el haber creado tan compleja y bella forma de existencia. En especial, los humanos le resultaron el doble de curiosos que el resto, al ser si cabe más complicados que el resto de seres vivos. Fue entre ellos donde descubrió su hasta entonces oculto poder.
La parte de la tierra que más le fascinaba era la oriental, por la cultura tan diferente que parecía tener. Corría un día lluvioso por aquellos lares el día que descubrió este planeta. El Dios, muerto de curiosidad y exhausto de esperar, decidió acercarse más a los humanos, hasta que estuvo tan cerca de ellos que los más avispados pudieron percatarse de su presencia. Pero lo increíble de esto fue que, tras mucho probar, se dio cuenta de que cuando estaba cerca sonreían muy alegremente y parecían victimas de un ataque repentino de felicidad. Sin razón aparente. Y si esto sorprendía al Dios, lo hacía aún más el hecho de que cuando él mismo sonreía, unos halos de luz rápidos y cálidos aparecían en cielo alumbrando el planeta, como si de un relámpago de esperanza se tratara. ¿Qué podía ser esto? ¿A que se debía? ¿Acaso había descubierto su poder? ¡Increible! ¡Tenía un poder! ¡Era especial! pero, ¿Cómo podía ser aquello cierto si siempre había sido despreciado? Nada parecía tener sentido, pero él era feliz. La sensación que le recorría el cuerpo cada vez que hacía sonreír a alguien era casi eufórica, ¡Y solo con su presencia! realmente, parecía todo perfecto, pues el hacer feliz le hacía a él mismo dichoso, así que ningún problema acechaba entre las sombras. O, al menos, eso parecía; hasta aquel día.
El sol abrasaba aquella tarde de un angosto verano, pero eso no era un impedimento para el Dios porque las playas estaban a rebosar de gente. Normalmente no se solía fijar en nadie en especial, todos eran lo suficientemente importantes como para alegrarles, pero aquel humano destacaba indudablemente entre todos los demás. Su semblante taciturno y hosco era tal que el Dios pensó que debía de sorprenderse hasta él mismo de su propia tristeza. Sin vacilar un segundo, decidió ponerse a la vera del hombre, tan cerca que podía percibir su respiración entrecortada y nerviosa; pero, a pesar de todo, nada cambió en su rostro. Ni un solo atisbo de emoción o de alegría apareció en sus ojos y sus comisuras no se curvaron. De hecho ni se inmutaron. ¿Qué estaba pasando? Una especie de ira invadió al Dios, que empezó a sentirse inútil. No, no podía ser. no podía permitirse la opción de fracasar en aquello que creía que se le daba bien. Algo fallaba. Y entonces, por primera vez en su vida, decidió fijarse bien en el mundo que le rodeaba, y lo que descubrió rompió toda su esperanza.
El mundo era un lugar sombrío. No por el planeta en sí, lleno de belleza y de vida, sino por los propios humanos, aquellos que a pesar de ser los únicos que podría ser capaces de percatarse de la belleza del mundo, gastaban su vida en preocuparse de cosas realmente banales. Eran egoístas, tristes y desconfiados. Luchaban entre ellos, se les había olvidado el ser empáticos y altruistas, todo se caía y ni si quiera se daban cuenta cegados por su orgullo. El mundo estaba descompensado; algunos morían de hambre, otros comían de más. Algunos no tenían hogar, otros tenían varias propiedades; pero lo peor, es que los que tenían querían cada vez más hasta el punto de robarle al que no tenía ni para sobrevivir. La naturaleza empezaba a morir, y las personas se preocupaban por conseguir unos papeles alargados llamados billetes que parecían indispensables. El Dios no pudo soportar esto, y huyó. Maldijo a sus iguales por crear tal mundo, en el que la belleza era inútil y la maldad gobernaba, y lloró. Lloró amargamente. Lloró por aquellos seres que, a pesar de ser los primeros y únicos en recibir su amor, le habían traicionado.
Después de la tormenta, como siempre dicen, llega la calma, y el Dios no iba a ser una excepción. Tras sufrir durante días, se tranquilizó y empezó a endurecerse y a enfriarse hasta el punto que consideró la opción de que ya los humanos no le importaban. Todo se asemejaba a una especie de calma en la que no se sufría pero tampoco se era feliz. Al menos, podía controlar sus impulsos; hasta ese inesperado día. Estaba medio adormilado cuando el sonido le impactó. Era una risa, estaba seguro. Una risa de una niña, y venía de la tierra. Se le anegaron los ojos de lágrimas, recordando cada una de aquellas risas que había conseguido sacar tantas veces. Tras mucho reflexionar decidió acercarse a la tierra, tal vez con la vana ilusión de encontrarse con un mundo cambiado; pero, por supuesto, no era así. Sin embargo, algo le sorprendió, algo que había olvidado y que no tuvo en cuenta la otra vez. Había cosas horribles e imperdonables en aquel mundo, era innegable. Pero detrás de aquellas manchas oscuras en la historia del ser humano, se escondían unas manchas blancas y casi invisibles pero no por ello no estaban ahí. A pesar del egoísmo, aún seguía habiendo amor. A pesar del dolor, las risas podían todavía escucharse por las aceras. Si el mundo era imperfecto, es porque el humano en esencia también lo era, pero, ¿Tenían ellos la culpa?. Fue entonces cuando tomó la decisión que marcaría su vida por completo.
Dedicaría su vida a mejorar el mundo, y a enfrentarse y proponerse nuevos retos para crear una sociedad más propensa a la felicidad. Pero no solo eso, sino que también recompensaría a aquel humano que hiciera el bien. Así fue como, cada vez que algo iba mal o alguien contribuía al bien común, el mundo era ayudado por una fuerza misteriosa e inagotable que realmente los quería y que se preocupaba por ellos, y cada vez que algo realmente precioso ocurría en la tierra, el Dios sonreía y un halo de luz bañaba el planeta de manera misteriosa, en cierto modo para que las personas supieran que detrás de todo hay alguien que realmente velaba por ellos. Hoy en día, estos halos de luces son conocidos comúnmente por estrellas fugaces; así que hijo, ya sabes, cuando veas una, sonríe al cielo, es el mejor regalo que le puedes dar a alguien que solo conoce el placer de hacer feliz.